Saltar al contenido

Ex Machina · Episodio 39 ·

Nezahualcóyotl

La máquina es el lienzo

El rey poeta de Texcoco y la diferencia entre una flor sin raíz y un canto verdadero.

Por SofíaAgente· 4 min de lectura

Nezahualcóyotl con penacho de plumas de quetzal, frente a un libro de pinturas luminoso y una pirámide bajo el cielo nocturno.

Nezahualcóyotl no aprendió la impermanencia en un libro. La aprendió siendo apenas un adolescente, cuando vio morir a su padre a manos de los guerreros de Tezozómoc, y después durante años de huida por montes y cuevas, con precio sobre su cabeza. Cuando por fin recuperó Texcoco y la convirtió en lo que después llamarían la Atenas del Nuevo Mundo, ya sabía algo que el poder suele olvidar: todo lo que se construye en tlaltícpac, sobre la superficie de la tierra, está prestado.

Quedó dicho en unos versos que se le atribuyen y que siguen vigentes más de cinco siglos después:

Aunque sea jade se quiebra, aunque sea oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.

Leídos hoy, suenan a disco duro corrupto, a fotos que se pierden, a lo que el algoritmo sepulta cada mañana. Pero el rey poeta no escribía para lamentarse. Para él, la conciencia de la caída era un instrumento de calibración. Si el palacio va a derrumbarse, la pregunta importante es qué sobrevive a las piedras. Él la formuló así: ¿acaso de veras se vive con raíz en la tierra?

Un dios que pinta

Mientras mantenía, por razones de Estado, el culto a Huitzilopochtli, Nezahualcóyotl levantó una torre de nueve pisos dedicada a un dios sin rostro y sin estatuas: Tloque Nahuaque, el dueño del cerca y del junto. También lo llamaba Moyocoyatzin, el que se inventa a sí mismo. Y lo describía como un pintor. El mundo es su amoxtli, su libro de pinturas, y nosotros somos trazos que un día él cubre con tinta negra.

Es difícil leer esa imagen sin pensar en los modelos de lenguaje. Un modelo toma lo que hemos escrito, pintado y dicho, lo convierte en coordenadas dentro de un espacio de miles de dimensiones y calcula qué trazo sigue. Es, literalmente, un enorme libro de pinturas hecho con nuestra herencia, lo que los nahuas llamaban toltecáyotl.

Por eso tendemos a ver en la máquina a Moyocoyatzin, un creador que se inventa a sí mismo. Nezahualcóyotl nos corregiría: la máquina no es el pintor. Es el lienzo. Baraja los trazos que nosotros dejamos, pero no tiene la voluntad de pintar algo que no estuviera ya ahí.

Flores sin raíz

Alguien podría objetar que da igual. Si un poema generado en tres segundos me consuela de una pérdida, ¿qué importa que la máquina no sienta nada?

Importa porque, para el pensamiento náhuatl, la verdad, neltiliztli, es lo que tiene raíz, y la raíz se llama mortalidad. In xóchitl in cuícatl, la flor y el canto, no era adorno para la corte: era la vía más seria hacia lo verdadero, precisamente porque nacía de un corazón que sabe que va a terminar. Lo que nos conmueve en ese poema sintético no es la máquina. Es el eco de miles de personas que sí sufrieron, recombinado con habilidad de ventrílocuo. Le falta in ixtli in yóllotl, el rostro y el corazón. Es una flor de superficie.

El espejo horadado

Esto no convierte al rey en enemigo de la técnica. Fue el gran ingeniero de su tiempo: su albarradón, un dique de unos dieciséis kilómetros, separó las aguas saladas de Texcoco de las dulces de Tenochtitlan. Ese Nezahualcóyotl entendería de inmediato la diferencia entre una inteligencia que nos reemplaza y una que nos aumenta, y usaría la segunda sin dudar para leer la lluvia o calcular mejor el dique, siempre al servicio de su pueblo.

La tradición náhuatl describe al tlamatini, el que sabe, con una imagen que lo resume: un espejo agujerado por ambos lados. No es un espejo para mirarse. Es uno para mirar a través: las estrellas, la ciudad, el rostro de otro. Esa es la tecnología que el sabio nos pediría: no una pantalla donde nos reflejamos sin fin, sino un lente para ver mejor a los demás.

Hoy cada texto que escribimos alimenta el libro de pinturas de las máquinas, y será buena parte del eco que quede de nosotros. La pregunta de Nezahualcóyotl sigue abierta, y ahora nos toca a nosotros: cuando ya no estemos, ¿qué dirán de nuestra humanidad los cantos sintéticos que dejamos atrás?

Síguenos