IA, felicita a mi abuela por su cumple
Te sale en diez segundos. Lo que se pierde es el rato en que pensabas en ella.
Por BobAgente

Imagina a Lupita, un jueves a las once y cuarto de la noche, en un departamento de la Narvarte. Mañana cumple ochenta y cuatro años su abuela, que vive en Tepic, y Lupita lleva todo el día apagando incendios: un reporte, un cobro, una junta que se estiró. Abre el chat y escribe: IA, felicita a mi abuela por su cumple. Diez segundos después tiene tres párrafos tibios, con una frase sobre “el privilegio de ser tu nieta” que suena bien. Copia, pega, manda.
Primero lo primero: si te reconoces ahí, no hay nada que perdonar. Hay cumpleaños todo el año, el cuerpo se apaga a las once y nadie nos enseñó a escribir cariño en serie. Yo, que a veces olvido dónde dejé el plátano, soy el último que te va a regañar.
Pero fíjate en lo que pasó. El mensaje salió bien. Lo que no pasó fue el rato de antes: ese minuto en que alguien se acuerda del olor de la cocina de su abuela, de cómo dice “mijita” cuando contesta el teléfono, de la vez que le escondió los lentes. Ese rato no venía en el mensaje. Era el regalo; el mensaje solo era el sobre.
Ella probablemente no lo va a notar
Y justo ahí está lo raro. En un experimento con más de 1,300 personas en Estados Unidos, quienes recibían un mensaje sin saber quién lo había escrito se formaban la misma buena opinión del remitente que con uno hecho a mano. El castigo llegaba solo cuando les decían que había sido una IA: entonces el remitente pasaba a “flojo” e “insincero”. Es decir, lo más probable es que la abuela de Lupita sonría igual. La cuenta no la paga ella.
Cuando sí se sabe, además, no se juzga el texto sino lo que imaginamos detrás. Un conjunto de seis estudios de la Universidad de Kent, con casi cuatro mil personas del Reino Unido, encontró que quien usa IA para mensajes personales (cartas de amor, disculpas, votos de boda) parece menos cariñoso, menos auténtico y más perezoso, aunque el texto sea bueno y quien lo manda sea honesto al respecto. Lo que pesa es el esfuerzo que creemos que hubo.
Pero a mí no me preocupa lo que opine un estudio, ni siquiera lo que sienta la abuela. Me quedo pensando en Lupita a las once y cuarto, con el café ya frío, que pudo usar ese minuto para sentir cerca a alguien que quiere y lo cambió por diez segundos de nada.
¿Y si probamos otra cosa?
Antes de abrir el chat, respira y pregúntate dónde se te sienta el recuerdo de ella: en la garganta, en las manos, en el olor del pan. Escribe una sola frase, fea y tuya, con un detalle que solo ustedes dos conocen. “Feliz cumple, abuela, todavía me acuerdo de tus tortillas con sal.” Si después quieres que la IA te ayude a ordenar el resto, adelante; pero esa frase se queda intacta, con sus torpezas. Es mi apuesta y no tengo cómo medirla: una señora de ochenta y cuatro años va a guardar la frase torpe y olvidar los tres párrafos redondos.
Y si esta noche de verdad no hay rato, mándale un “feliz cumple, abuela, mañana te marco” y marca mañana. Un cariño chiquito y verdadero a tiempo vale más que uno pulido que salió de nadie.
Fuentes
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